Desde mediados del siglo XIX fue descrita la asociación entre el dolor pélvico crónico en mujeres y la presencia de varices del plexo útero-ovárico.
Las varices pélvicas fueron descritas por primera vez en 1857 por Richet, sin embargo no fue hasta el primer tercio del siglo XX, en 1928 cuando Cotte describió su teoría de la relación entre la existencia de varices en el ligamento ancho del útero y el dolor pélvico.
Taylor en 1949 observó varices en los órganos reproductivos pélvicos y propuso el término de Síndrome de Congestión Pélvica asociado a las varices vulvares y perineales.
Sin embargo, en contraposición, otros autores afirmaron que el dolor pélvico no relacionado con procesos infecciosos-inflamatorios, tenía más bien un origen psicosomático, por lo que su investigación fue dejada de lado, hasta 1964 cuando Lefèvre afirma que las varices pélvicas no solamente están asociadas al dolor pélvico crónico, sino que son la causa en mujeres sin patología inflamatoria pélvica, y que además se acentúa o es más frecuente en mujeres multíparas.
A mediados del siglo XX se comienzan a realizar venografías transuterinas para el diagnóstico y seguimiento de procesos trombóticos.
Introducían un trocar dentro de la cavidad uterina administrando contraste a nivel del fundus uterino, a través del plexo venoso del miometrio.
Más tarde se comenzó a utilizar para valorar la presencia de éstasis venoso a nivel de las venas viscerales pélvicas en pacientes con dolor pélvico crónico, sin embargo resultaba ser una prueba muy invasiva, dolorosa y no exenta de complicaciones.
En el transcurso de la primera mitad de los años 60, se describe el estudio de las venas ováricas, de manera retrógrada, mediante la cateterización simultánea de ambas venas ováricas e inyectando contraste en la porción distal de los ejes venosos, tomando como referencia la técnica ya descrita en urología para el estudio de las venas espermáticas internas.
Mediante esta técnica ‘retrógrada’ se logró establecer una clasificación para el diagnóstico de varices útero-ováricas según su morfología y ya no según el patrón de flujo sanguíneo dinámico observado con la técnica anterógrada.
No obstante, no fue sino hasta 1993, cuando siguiendo la técnica básica descrita para oclusión endovascular de varicocele en hombres, se reportó de manera exitosa la embolización endovascular de varices útero-ováricas
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